Sí, lloro. Por todas las desgracias del mundo, por mis propias desgracias. Lloro por lo que conozco, conocí, conoceré y no conoceré. Lloro por cada sonrisa que veo en los labios, pero no en los ojos. Lloro por cada niño que no tiene la suerte de entender lo grande que es el mundo, pero lloro más por cada adulto que lo hace pequeño. Lloro por aquellos que no han estado nunca enamorados, y más por los que nunca lo estarán. Lloro por cada día desperdiciado al lado de un calendario, lloro por cada minuto que no soy capaz de recordar. Lloro por los que están aquí sin estar, y por los que no están aquí pero están. Lloro por cada relación que se ha terminado, y por las que se terminarán.
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Pero sobre todo lloro al ver cómo después de tantos años (ya son cuatro), sigues haciéndome sonreir a través del océano.
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